domingo, 28 de marzo de 2010

El Cuervo


El hombre de traje se paseaba por la habitación, confuso, perdído entre ideas que sólo alcanzaban la sólidez de un primer bosquejo.

El tiempo corría, lo atormentaba, semana tras semana oía los gritos de repudio y decepción. No hallaba la forma de controlar aquella situación que poco a poco se le hacía más díficil, los caminos resultaban imposibles de atravezar, árduos, infinitos...

"No surgen soluciones, no hay filosofía que muestre un digno juego y mis hombres se pierden" clama el señor en la noche, que se torna oscura, en un silencio que parece juzgarla y lo condena. El viento le susurra desde las sombras que no es bienvenido, las multitudes lo estaban abandonando y es por ello que este hombre ya no tiene más poder, no hay fuerza en su palabra ni convicción para controlar a las masas, no hay mensajes simples ni complejos, solo hay silencio, el silencio de la duda.

En su eterna y desesperada busqueda por la libertad en este juego, este hombre vestido elegantemente para la noche, la oscura noche del funeral de sus pensamientos, olvida que el Cuervo lo observa con impaciencia, lo estudia cautelosamente y entiende que el hombre se encuentra indefenso, que ya no tiene nada para ofrecerle.

El ave negra, con su mirada rechazadora, y su silencio sepulcral decide que ya es hora. Es hora de despedirse. Rige su postura y le clava una mirada insostenible, de rechazo, de furia ante los últimos resultados, sus ojos penentran su mente, sumergiéndose en un terreno fangoso, bordeado por una espesa niebla donde deberían hallarse las ideas. Se adentra, tanto como el alma, en su cuerpo tembloroso y débil. El hombre suplica, respira acceleradamente porque sabe muy bien que ha llegado su tiempo de partir. No hay Carpa, no hay Dios que lo condene. Solo el temible Cuervo que se siente abandonado, se siente defraudado....

El hombre suplicó una y otra vez, balbuceó hasta comprender un nuevo lenguaje el cual el Cuervo ignoró.
Pánico y locura fueron las siguientes sensaciones que sometieron al cuerpo del hombre de negro, el terror que dominaba cada punto de su ser lo acechaba desde los más profundos rincónes de su mente. Pidió ayuda desconsolado, al borde del llanto, clamando por una nueva oportunidad.

El Cuervo lo rechazó firmemente, recordando que su subordinado lo había fallado en varias ocasiones, por lo que dejó que el silencio de la noche alcanzará su punto máximo de expresión, donde cada sonido quedó retratado en un segundo, como si un cuadro se hubiese dibujando en aquel momento, en aquella noche y fue en ese preciso momento cuando el Cuervo graznó:

Nervermore!

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